La llamada de… Samanta Schweblin
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Franz Kafka tropezó en cierta ocasión con una niña que había perdido su muñeca. La pequeña lloraba desconsolada junto al estanque del parque Steglitz (Berlín) y, sintiendo la necesidad de animarla, el escritor checo, por aquel entonces ya víctima de accesos de tos con sangre, tomó asiento en el pretil, se limpió los labios con el pañuelo y aseguró a la menor que su amiguita no se había extraviado, sino que había emprendido voluntariamente un viaje.